Paterna versus Tordesillas
De vez en cuando hay noticias que le alegran a uno el día e incluso invitan a pensar que hay esperanza para el género humano en este rincón del planeta. Una de ellas es la felizmente acaecida ayer en la localidad valenciana de Paterna. Se ha celebrado allí un referéndum para decidir si se continuaba celebrando un espectáculo taurino denominado bous al carrer (”toros en la calle”), variante levantina de los múltiples encierros que salpican la geografía española.
Para quienes me lean desde algún país civilizado, aclararles que este tipo de espectáculos se suelen perpetrar durante las fiestas patronales en honor a la virgen o santo de turno. Los encierros tienen variopintas modalidades, aunque básicamente consisten en el hostigamiento y maltrato continuado por parte de una masa enfervorecida y a menudo alcoholizada (los seres racionales) a uno o más bóvidos (generalmente toros o vaquillas, los seres irracionales) En cada región o comarca la crueldad se manifiesta de forma diferente, siendo la macabra particularidad de los bous al carrer el colocar a la pobre bestia unas antorchas candentes en los cuernos.
Pues bien, los habitantes de Paterna han votado en el mencionado referéndum que no se continúe con esa celebración en fiestas patronales futuras. Los partidarios de la barbarie, de la crueldad gratuita hacia los animales como divertimento colectivo, se escudan en la, oh, Tradición. “Paterna no puede negar una de sus más arraigadas tradiciones”, ha dicho uno de los voceros de los defensores del matrato animal. La tradición, siempre la puta tradición por medio para justificar lo injustificable. Si fuera tradición comer mierda, supongo que la comerían a paletadas y supongo que nos conminarían a comerla a los demás. También han sido y son tradiciones el derecho de pernada, la ablación de clítoris, los sacrificios humanos rituales, las palizas del marido a la mujer y un largo etcétera. ¿Quiere decir que, como son tradiciones, son intrínsecamente buenas y éticamente aceptables?
La de Paterna es una pequeña pero significativa victoria de todos aquellos que piensan que el maltrato y la crueldad a criatura alguna, racional o irracional, no puede ser un espectáculo de una sociedad que se llame a sí misma civilizada. Esas tradiciones que tanto defienden algunos son propias de otras épocas, de las épocas en que se inventaron y establecieron, tiempos en los que la vida humana valía poco y la animal aún menos, épocas de barbarie e incultura donde conceptos como dignidad, respeto o derecho natural ni siquieran existían.
Sin embargo quedan muchísimos otros sitios donde la atrocidad sigue sobreviviendo bajo el escudo de la tradición, como el Torneo del Toro de la Vega en Tordesillas, en el cual se persigue a un toro por un prado y, ya sea a pie o a caballo, se le hiere con lanzas hasta que el animal, exhausto y malherido, se desploma y se resigna a recibir las últimas lanzadas que acabarán con su vida. Bonito y edificante espectáculo, que además goza de la especial protección y reconocimiento de las instituciones: no sólo esta crueldad sin límites ha sido declarada de interés turístico regional (o sea, que según los políticos castellanos esto es digno de ver y de ser difundido) sino que el mozo el turresilano que logra matar al toro recibe una insiginia de oro del ayuntamiento. El no va más. Sin dudarlo, con lágrimas de emoción, el ganador de este año, que además lo era por segunda vez, reconoce en una entrevista a un medio de comunicación local: “Es la ilusión en la vida de todo vecino de Tordesillas, desde niño”. Pues vaya mierda de ilusión, con perdón. Más valdría esforzarnos e ilusionarnos desde niños por cosas más elevadas y no por actividades propias de psicópatas y perturbados.
Cómo se pueden comparar los toros con la ablación de clítoris?
Muy fácil Mike: Ambas son tradiciones indignas que se basan en la crueldad física hacia un ser vivo.