Maxorata
Cuanto viva mi alma en la forma que viviere, vivirá en ella, hecha hueso espiritual o roca espiritual de sus huesos, esa bendita isla rocosa de Fuerteventura
Miguel de Unamuno

Dice Pedro de su isla que es desnuda como el alma. Cuando llegas en avión y la ves desde el aire - me cuenta con su rostro iluminado - puedes ver sus venas, sus huesos. Es verdad. Fuerteventura es tierra en medio del mar, tierra pura, brutalmente desprovista de cualquier ornato, de cualquier manierismo vegetal que abrume los sentidos. Esa bendita isla rocosa de don Miguel es abstracción, es introspección: mire uno a sus montes, a sus llanuras o a sus dunas se ve uno reflejado, pero reflejado por dentro, reflejada el alma a pleno sol en esas formas modeladas minuto a minuto, siglo tras siglo, por el viento.
Fuerteventura para mi no ha sido simplemente un destino vacacional donde hemos pasado unos días maravillosos. No es una mera colección de bellas imágenes ni de nombres de resonancia ancestral (Tindaya, Betancuria, Antigua, Jandía…) No es para mi tan sólo un lugar, tan sólo un lugar en forma de isla, no, es muchísimo más. Esta isla es para mí lo que ningún lugar ha sido antes: un perfecto y armónico estado de conciencia.

Durante unos días hemos visitado una tierra periférica de esta variada Europa, el Algarve portugués. El Algarve es un pedazo de la Península Ibérica tostado por el sol y que se vuelca desde la serranía que le comunica-incomunica con el resto de Portugal hacia el infinito azul del Atlántico mediante acantilados, playas y rías. Parece desparramarse tranquilo entre olivos, en un ritmo calmo y pausado que también poseen sus gentes y que termina contagiándose al viajero.



Hemos salido del huevo cósmico para recorrer los caminos en busca de la inmortalidad de Salvador Dalí y su amada Gala. Habiendo surcado con un cadillac lluvioso las rugosidades encefálicas del genio, nos hemos encontrado también con nosotros mismos, renovados, sobrevolando las calas de

