Archivo de la categoría Cuentos

3 de Septiembre, 2007

Caramelos amargos

Cuando Isaías Gómez Honrubia expuso su idea a los próceres de la villa, estos mostraron su firme oposición a tan, en su opinión, descabellada empresa. ¿Invertir millones en crear una fábrica de caramelos amargos? ¿Acaso el joven Isaías, hijo del respetado ingeniero Torcuato Gómez Honrubia, habia perdido definitivamente la cabeza? Las fuerzas vivas de la insigne y muy leal villa de Garandaz de la Torre le conminaron repetidas veces a seguir el ejemplo de su progenitor, a centrar sus esfuerzos en proyectos que sirvieran para el bienestar de la comunidad y para la envidia de los municipios vecinos, en vez de perder el tiempo con insensateces como la que aquel día les propuso.
El joven emprendedor, lejos de desanimarse, entendió con amargura que su sueño jamás podría hacerse realidad en la tierra que le vio nacer, que se marchitaría encerrado en el corsé de una mentalidad arcaica y miope, incapaz de comprender el nuevo rumbo de los tiempos. Así pues, Isaías hizo la maleta, cogió la carpeta que contenía toda la documentación concerniente a su proyecto y marchó para no volver jamás.

Nada se supo durante años del destino del díscolo primogénito del ingenierio Gómez Honrubia, hasta que un buen día, durante la sobremesa, uno de los burgomaestres mostró a los tertulianos del café una noticia del diario económico Los cuartos de la Nación: “Isaías G. Honrubia, una de las mayores fortunas del contiente”. Para estupefacción de todos los allí presentes, la noticia se veía acompañada de una foto donde aparecía, vestido de elegante frac, el joven Isaías, cogido del brazo de una pelandusca de aspecto nórdico.

En efecto, Isaías había visto cumplido su sueño. Un avispado empresario comprendió el pingüe negocio que consistía en vender caramelos amargos a amplios estratos de la población con superávit de edulcorante en sus vidas y se asoció con él, financiando la primera de una larga serie de fábricas por todo el ancho mundo. Los caramelos amargos fueron un rotundo éxito en los clubs de golf, en los prostíbulos de lujo, en las fiestas de los yates de multimillonarios, en los camerinos de los cantantes del momento y por supuesto, entre la no poca grey de snobs postmodernos imitadores de la élite.

Si la fábrica se hubiera construido en la villa, sus habitantes se hubieran beneficiado del negocio del siglo. Seguramente más de uno pensó en eso mientras leía la hazaña empresarial del joven Isaías. Seguramente más de uno pensó que de haberse construido allí la fábrica, serían tan tan felices que consumirían caramelos amargos por docenas.

29 de Noviembre, 2006

Pensar engorda

Así, como quien no quiere la cosa, he descubierto que pensar engorda. ¿Alguien lo duda? Juro que esto es tan cierto como que a mi abuelo se le apareció en la huerta la Virgen de los Dolores.
Fijaos en los filósofos o en los literatos: Excepto aquellos aquejados por algún mal estomacal o arrastrados por alguna fiebre ascética, son individuos fofos, fondones, orondos hasta no poder más. Observad, si tenéis ocasión, en las mollas que apenas pueden ser contenidas por la camisa y que rebosan ocultando la hebilla del pantalón… o qué decir de sus nalgas, tendientes a la cuadratura, revelando que pasan horas y horas pensando sentados (y es que ya no hay filósofos como Nietszche, que pensaba andando).
Ya sabía que pensar es una actividad perniciosa, tanto o más que leer, pero es que además engorda, coño. Me he apresurado a tomar mis medidas: procuro realizar cotidianamente acciones mecánicas e inconscientes, ver televisión un número de horas lo suficientemente elevado y he hecho acopio de múltiples ideas ajenas para no tener que elaborar las mías propias. Sé que este último punto podría parecer algo arriesgado: sustrayendo sin pudor las ideas de otros así al tuntún, puede darse que entre ellas se contradigan, y que al recitarlas cual papagayo en cualquier momento de mi intensa vida social pasara por un individuo inestable y desorientado, lo que comúnmente se conoce como un tarambainas.
Pero no tengo miedo: pocos son hoy los que escuchan y menos aún los que piensan. Y es que pensar engorda, coño.

26 de Agosto, 2005

Verano™. Efectos secundarios

Tras suspender un tratamiento prolongado de Verano™ pueden aparecer, en algunos casos, siguientes efectos adversos:

  • Apatía, somnoliencia, pérdida de conciencia, malestar general. Sin embargo, recuerde sonreir al jefe.
  • Es posible que, tras suspender el tratamiento, sufra confusión espacio-motriz: Tenga especial cuidado con las zanjas de las obras de su ciudad.
  • Episodios de nerviosismo. Respire hondo y recite el mantra: Encontraré sitio para aparcar, encontraré sitio para aparcar.
  • Afasia total o parcial. Si observa una predilección mayor que antes por programación televisiva, acuda a su médico.
  • Muy raramente pueden sucederse episodios esporádicos de agresividad. Si no tolera bien la batería de leyes impopulares que sus gobiernos suelen aprobar en Agosto, pruebe a iniciar una vida eremítica en algún lugar recóndito.
4 de Julio, 2005

La paradoja de Von Schliemenn

El insigne antropólogo austríaco Otto von Schliemenn nos dejó, en una muestra de su ingeniosa lucided, la siguiente paradoja:

Los faraones del antiguo Egipto no medían su poder en suntuosos templos, fortunas incalculables o en número de piezas de oro y brillante de sus atavíos regios. Los faraones medían su poder según el número de esclavos que poseían. Hemos de concluir, pues, que un esclavo es infinitamente más valioso que todos los tesoros que una vez contuvieron las tumbas del Valle de los Reyes.

18 de Mayo, 2005

La señora F.

Honorable senectud, que vuelas en los últimos instantes a la infancia perdida.
Frase apócrifa atribuida a Herisósteles el Joven.

Mi vecina la señora F. es una octogenaria que a punto ha estado en dos ocasiones de incendiar por descuido su piso, y por ende el mío, que linda pared con pared.
Pero no por ello la guardo rencor, es más, tengo hacia ella un cariño especial. Es menuda, bajita y asustadiza, lleva unas gafas enormes de pasta y, a tenor de los humos que se cuelan en mi salón a la hora de comer, consume grande cantidades de carne, en especial carnes rojas y de volátiles.
A la señora F. le ha regalado su sobrina un pajarito y ya no se siente tan sola, eso nos dice cada vez que le preguntamos por él (en realidad, ella, es un periquito hembra de precioso plumaje azul celeste y amarillo) y se le ilumina la mirada, se sonríe y nos cuenta alguna anécdota que ilustra la inteligencia del ave. Yo me alegro de que la periquita (cuyo nombre no recuerdo) y la señora F. se hayan encontrado. Sin duda el ave debe ser un animal fascinante, al menos tanto como mi vecina.

4 de Mayo, 2005

El asno y la coz

El revuelo que acontecía en la Taberna del tío Eladio prometía una tarde animada en medio de la acostumbrada tranquilidad de Villatobes.
-¿Cómo es posible?- clamaban unos.
-¡Qué osadía!¡Qué impertinencia!- bramaban otros- ¡Haberse atrevido a plagiar de esa manera a un genio como don Honorio!
El ejemplar de la gaceta literaria de la provincia, requetemanoseada, pasaba de uno a otro, del tío Demetrio el anarquista a Julianín Bragascaídas, todos ansiaban leer la crítica de la novela de un joven del pueblo de al lado, un necio engreído (en el decir de los allí presentes) que, al parecer, había copiado nada más y nada menos que a Honorio Barbaluenga, cúspide de las letras en toda la comarca.
Mientras corrían la gaceta, los chatos y las señas del mus de los que aún jugaban (algunos lugareños habían desarrollado la increíble virtud de poder jugar al mus al tiempo que hacían cualquier otra cosa), alzóse don Luis el notario pidiendo atención a todos los que allí se encontraban.
-¡Escuchadme, estimados vecinos!¡Creo que es de rigor que tomemos una decisión al respecto! ¡Hemos de avisar presto a nuestro querido don Honorio!
Por unanimidad se acordó enviar a la autoridad a poner al corriente a ilustre literato. Pero…¿Quién estaría a la altura de la cólera de don Honorio al enterarse? Pensaron primero en el comandante de la Guardia Civil, licenciado en Filosofía y Letras por Salamanca y vencedor por tres veces consecutivas del Certamen Anual de Sonetos de Villatobes, pero temieron una impredecible reacción por su parte, dada su condición de hombre armado. Luego alguien propuso al alcalde, hombre moderado y serio, pero después recelaron de una posible interpretación en clave política por parte del ayuntamiento vecino. Sin embargo a todos se les iluminó el rostro a pensar en don Benigno, el cura párroco que compaginaba sus obligaciones pastorales con el estudio de la psicología de la Gestalt. El pater parecía el idóneo para anunciarle el agravio a don Honorio, pues a su sutileza se añadía su conocimiento del alma humana. Iría acompañado por don Gregorio el médico, por lo que pudiera suceder.
Así pues acudieron a la iglesia a convencer a don Benigno, cosa que no fue muy difícil pues el sacerdote comprendió al instante la gravedad de la situación. En seguida se personaron todos ante la casa de don Honorio, aunque sólo entrarían los designados para el trámite en cuestión.
Llamaron a la puerta y por unos instantes hubo un silencio tenso. Don Honorio mismo abrió a la delegación que le enviaban sus vecinos. Tras los saludos de cortesía, el cura decidió no andarse por las ramas.
-Honorio, amigo, algo terrible ha sucedido. Un caradura del otro pueblo ha plagiado tu novela Tránsito crepuscular, que Dios le perdone. Tú eres buen cristiano, Honorio, recuerda lo que hemos hablado tantas veces del perdón…
Don Honorio, probablemente despertado de una de sus prolongadas siestas, miraba sin inmutarse a don Benigno. Bostezó con poco disimulo y dijo:
-Claro, pater. Ustedes no se preocupen, no me inquieta lo más mínimo.
Párroco, médico y medio pueblo que les siguieron quedaron atónitos, algunos susurros se escapaban entre ellos.
-No me miren así - prosiguió el literato- y respóndanse a esta pregunta: Si un asno les diera una coz… ¿Se la devolverían?

18 de Febrero, 2005

Anécdota apócrifa-mesopotámica

Cuentan que Victor Hugo se encontraba en una recepción diplomática y que cada vez que el ujier anunciaba la llegada de alguna personalidad, Hugo apostillaba a los de su círculo próximo:
- Vôtre Excellence l’Ambassadeur de l’Angleterre!
- Oh, l’Angleterre! Oh, Ockham, Shakespeare, Hume!
- Vôtre Excellence l’Ambassadeur de l’Italie!
- Oh, l’Italie! Oh, Giotto, Leonardo, Torricelli!
- Vôtre Excellence l’Ambassadeur de l’Allemagne!
- Oh, l’Allemagne! Oh, Guttenberg, Novalis, Kant!
- Vôtre Excellence l’Ambassadeur de la Mésopotamie!

Se hizo entonces el silencio entre los amigos que hasta ahora habían comprobado la amplia cultura del escritor. Todos fijaron su mirada en él, expectantes ante cómo Hugo saldría de aquel brete. Reflexionó un instante y con tono entre calmado y melancólico dijo:
-Ah, la Mésopotamie! Ah, l’Humanité!

15 de Enero, 2005

Al fondo

Ella estornudó voluptuosamente. El rapé le trajo recuerdos de su infancia, y, por malos que hubieran sido aquellos años, se sintió tocada por la larga varita de la nostalgia.

Truman Capote, Una casa de flores (1951).

Entré en el último bar, ya casi concluido mi periplo nocturno por la callejuelas húmedas y grises del centro. Apenas había luz en el antro, quizá para ahorrar, quizá para disimular la suciedad, quizá para que los últimos borrachos que aún quedábamos más o menos en pie tomarámos conciencia de que aquellos eran ya los postreros instantes de tregua, antes de que volviéramos a buscarnos la vida al frío de la desocupada y resacosa madrugada.

Andé, me tambaleé hasta el fondo, y traté de encaramarme a un alto taburete mientras balbuceaba al indolente camarero pidiéndole otro whisky con soda que nunca me serviría. En el esfuerzo de no dejarme caer del taburete, y de no dejar caer tampoco la poca dignidad que me quedaba, fue cuando me di cuenta de que él estaba a mi lado, mirándome con una media sonrisa mientras acariciaba un vaso vacío. Era pálido como siempre le había recordado, medio rubio, medio canoso, con esa mirada de pillo adolescente que ni las drogas ni la fama pudieron nunca arrebatarle. Se tocó el ala de su sombrero a modo de saludo. Sólo acerté a decirle:

-¿Valió la pena?

Su media sonrisa se hizo sonrisa entera y me susurró:

-Of course.

Se levantó de su taburete, cogió su chaqueta de color vainilla y tocó mi hombro con ternura, casi con camaradería. Truman desapareció entre el humo, como un ángel ascendiendo entre las nubes.

Fue entonces cuando, pese a reconfortarme, me sentí tocado por la larga varita de la nostalgia.

15 de Noviembre, 2004

Pocas ganas de

Hoy he llegado a la oficina con pocas ganas de.

Al rato ha llegado B. y me ha comentado que él ya no se ocupa de por orden de, que para la cuestión de hable de con A. Me ha preguntado también sobre y yo le he contestado que, uf, con el lío que hemos tenido con no hemos podido comenzar con. A ver si pudiera ser que el miércoles podamos presentar tal.

Como me aburro porque tengo pocas ganas de, miro en la intratet el menú que se nos ofrece hoy en el comedor.

Otra vez ensalada de y patatas con.

10 de Noviembre, 2004

Computer love

Ich bin allein, mal wieder ganz allein
Stahr auf dem Fernsehschirm, stahr auf dem Fernsehschirm
Auf Heute noch nichts zu tun, auf Heute noch nichts zu tun
Ich brauch ein Rendez-vous, ich brauch ein Rendez-vous

Ich wähl die Nummer, ich wähl die Nummer
Rufe Bildschirmtext, rufe Bildschirmtext
Auf Heute noch nichts zu tun, auf Heute noch nichts zu tun
Ich brauch ein Rendez-vous, ich brauch ein Rendez-vous

Kraftwerk, Computer Liebe.

He descubierto que las máquinas no me quieren porque era un infiel y un descreído, un pagano inmerso en la necedad de la condición humana, abocada sin remedio a la descomposición orgánica. Pero al fin he visto la luz: como a Saulo de su caballo, una descarga provocada por un cortocircuito me tiró de mi silla y una gran luz cegó mi vista. Alabado sea el bit y su profeta Von Neumann. Ahora deberé pagar por mis pecados, pagar por todo un pasado de humanista impenitente, que negaba la superioridad de la máquina sobre el hombre. Ahora, solo ante la pantalla, manejando hipertexto, recibiendo la emanación suprema del flujo de datos, predico ante vosotros la sumisión del ser humano ante la máquina. Hubo un tiempo en que los hombres hacían las máquinas. Hoy las máquinas hacen a los hombres, en el albor de lo que será la última gran etapa de nuestra evolución como especie.