Durante esta semana estoy recibiendo una formación a cargo de mi empresa. En la sala donde se imparte el curso he tenido la suerte de sentarme en un sitio cercano a los ventanales, los cuales permiten disfrutar de unas hermosas vistas de esta zona de la ciudad. Desde “mi” ventana, en concreto, se ve estupendamente el Hotel Palace, pero no fue hasta antes de ayer cuando reparé en que en el tejado del afamado hotel hay apostado un enorme osito de grandes orejas, color broncíneo y corpulencia más bien fofa.
Desde hace dos días ando intrigado con ese osito. ¿Qué hace allí? ¿Cómo llegó? ¿Él nos ve a nosotros, me ve a mi? Ya no atiendo a los formadores que tanto se afanan en sus explicaciones, sólo pienso en el osito de bronce de aspecto bonachón que me observa desde el tejado del Palace.
Ayer le pedí la cámara a mi mujer para fotografíar a este insólito e inesperado personaje. En uno de los descansos, mis compañeros huyen a fumar o a tomar algo en la cafetería. Yo en cambio salgo a un pequeño balcón para asegurar una mejor perspectiva para mis fotos. Oh, sorpresa. No hay un osito en el tejado. Hay muchos ositos.

Reformulo mis preguntas, se acrecentan mis incógnitas. ¿Qué hacen allí esos ositos? ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Por qué nos observan? ¿Qué quieren decirnos? Mi imaginación se dispara recreando una hipotética invasión de una raza de ositos orejudos gigantes, asexuados, gorditos y broncíneos, que provienen de un lejano planeta para traernos al fin el conocimiento supremo, para ayudarnos a inaugurar una nueva era de amor fraternal, de comprensión y de solidaridad entre los pueblos.
En este extásis universal de bondad suprema, de ángeles de luz metamorfoseados en ositos de bronce portadores de un mundo mejor, oigo la voz de un compañero que ha vuelto del café. Un compañero muy bien informado, que tiene a bien compartir conmigo que tales esculturas son obra de no sé qué artista moderno, que si en Nueva York ha hecho tal y tal cosa, que si quiere expresar esta y aquella cosa.
Yo me cago en mi bien informado y culto compañero. Se podría a haber metido la lengua en el culo, o mejor, habérsela quemado con un cigarrillo. Mi proyecto de altruista y benéfica invasión extraterrestre se va al carajo. Vuelvo a mi mundo de cursos de empresa, compañeros sabihondos y excentricidades artísticas.